Desde el Uruguay...
Se llama Enzo Francescoli y nació el 12 de noviembre de 1961 en el barrio de Capurro, en Montevideo, la capital de la República Oriental del Uruguay, país al que siempre le entregó todo futbolisticamente hablando. Hijo de Don Ernesto Francescoli y Olga Uriarte. Ese padre que también sentía el fútbol como una pasión, que hasta llegó a formar parte de las inferiores de Wanderes, pero que por cuestiones de trabajo no pudo seguir. Fiel seguidor de Peñarol, sentimiento que fue heredado por sus tres hijos, Luis Ernesto, Enzo y Pablo.
Enzo comenzó a andar detrás de la pelota
en el barrio, y a los 6 años ya jugaba al baby en el Club Cadys Real Junior, a un par de
cuadras de su casa. También integraba el equipo del Colegio, el San Francisco de Salles,
más conocido como Maturana por el nombre de la calle donde se levantaba sus orígenes. "Jugábamos
en la calle" -cuenta hoy Luis Francescoli, médico traumatólogo y padre de 3
niñas-. "A la tarde, después de venir del colegio y de dormir la siesta.
Armábamos unos arcos y jugábamos 20 contra 20, no sé, los que estuvieran en ese
momento. Y también con chicos de diferentes edades. Mi hermano ya se destacaba, se notaba
que le pegaba bien a la pelota". También recuerda el padre de Enzo: "Un miércoles
fuimos al Colegio porque había una entrega de premios. Enzo no había podido ir porque
estaba en cama, con bastante fiebre. Le explicamos todo al cura, un hombre de apellido
Soviski. El nos tranquilizó. No se hagan problemas, nos dijo, para después agregar:
mire, que se cuide bien. Si es necesario, que falte el jueves y el viernes, no hay
problema. Lo único importante es que se recupere para el sábado, que tenemos que jugar
un partido decisivo. Mi señora no lo podía creer: ¡¿Cómo nos va a decir eso!? ¿Cómo
se va a preocupar más por que falte al partido y no le importa si viene al Colegio? Pero
fue así, nomas...". Todos empezaban a pedir por Enzo. El apenas tenía 10 años.
Pasó el tiempo, y Enzo necesitaba crecer
en su carrera futbolística. Así fue como decidió irse a probar a Peñarol (club de sus
amores) y a River Plate de Montevideo. Pero lo rechazaron. "Es muy
chiquito, muy flaquito. Que venga el año que viene" fue la respuesta. El
tendría revancha, y en un club con el mismo nombre, pero de otro país. Gustavo Raúl
Perdomo, tiene hoy 38 años. Dicen sus entrenadores de inferiores, que era tan o más
talentoso que Enzo, pero no llegó, como tantos otros que han quedado en el camino.
Perdomo fue un hombre clave en esta historia... "Soy amigo de Enzo desde
la infancia, porque mis padres se conocen con los de él desde hace mucho tiempo. Con Enzo
nos criamos juntos en el barrio y también compartimos nuestra infancia en el club Cadys.
Pero yo me fui a Wanderes cuando tenía 11 años y él siguió. Cuando yo estaba en la
Cuarta División, fuimos con Wanderes a jugar un partido contra el Liceo Maturana, donde
Enzo también jugaba. Yo, en toda la semana, le venía contando al entrenador, que concía
a un chico del barrio que era un verdadero fenómeno. Le dije que lo siguiera durante el
partido, que lo iba a sorprender. Al final ganamos nosotros 1-0 con un gol mío, pero Enzo
la "rompió" y Martiarena lo llevó a Wanderers. no había cumplido 15 años.
Tal vez aquel partido fue decisivo, tal vez, pero en realidad yo creo que no, porque Enzo
tenía unas ganas locas de jugar en algún club importante y se hubiera ido a probar a
Wanderers, por allí estaba yo, su amigo de la infancia". Actualmente, así lo
recuerda José María Martiarena: "Ese partido se disputó en el año 1976 y como
este chico Enzo había jugado muy bien, yo le dije a Perdomo que lo acompañara al club a
mitad de la semana siguiente. Lo llevó el 22 de julio y lo fichamos inmediatamente. Unos
días después yo me enteré que él se había ido a probar a River Plate de Montevideo y
que le dijeron que volviera un año después porque era muy flaquito. ¡Cómo son las cosas! Porque
el entrenador de River era un conocido mío, un tal Peralta. Y si yo me hubiese enterado
de eso, no lo habría fichado para no faltarle el respeto. Suerte que no me enteré.
Después en las inferiores, a Enzo lo poníamos en cualquier puesto y respondía: de
cinco, de ocho, de nueve. nosotros necesitábamos cambiarlo de posición porque éramos un
equipo chico y no había suficientes jugadores. La diferencia con el resto se notaba
enseguida. El y Perdomo eran dos cracks. Una tarde, jugando con la Cuarta contra Bella
Vista, metió un gol de chilena igual al que después le hizo a Polonia".
El Montevideo Wanderers Fútbol Club fue fundado el 15 de agosto de 1902 y su nombre significa "errantes, vagabundos, bohemios". Es un típico club chico uruguayo, donde todo se hace realmente a pulmón. Ahí se puede encontrar a Doña Gloria, "dueña" de la utilería del club... "A Enzo le encantaba la "Pesicola". A mi me daba plata para que yo le comprara. Era un botija muy serio el Enzo. Y muy flaquito, si muy flaquito. Siempre fue así. Los chicos le decían "carretilla". Es porque tenía la cara alargada...". También se puede encontrar a Jorge Barrios, también conocido como "Chifle". Un jugador que nació en Wanderers, y pasó por el Olympiakos de Grecia, Peñarol y la Selección Uruguaya. El cuenta: "Nosotros la teníamos clara. Los técnicos de inferiores como los de Primera nos decían: Ustedes quiten y dénle la pelota a Enzo. Así de sencillo. Ya desde cuarta división se veía que el loco era un jugador que encaraba para adelante y que iba a llegar lejos".
Enzo debutó en la primera el 9 de marzo de 1980, ante Defensor Sporting, como visitante por el Torneo Colombes. El encuentro finalizó con victoria 5 a 0. Así empezaba la historia grande de un grande... Al poco tiempo ya era tapa de los diarios, las noticias decían que River Plate de Buenos Aires ya lo estaba observando para comprarlo, y que el Milan de Italia también...
Las idas y vueltas del pase...
Era 1982 y River necesitaba un recambio de jugadores. Muchas de sus figuras ya habían partido, como era el caso de Alonso, Pasarella, Ramón Díaz, Kempes, entre otros. Así fue como en una cena que tuvo Ernesto Homsani, por ese entonces integrante del Consejo de Fútbol, en Punta del Este, se le acercó el dueño del restaurant y le dice: "Hay un chico en Wanderers que anda muy bien. Le aconsejo que se lo lleve a River. Se llama Enzo Francescoli". Ese fue el primer contacto que tuvo River Plate con Enzo, pero todavía para que comenzaran las negociaciones había que esperar.
Ese '82 para River fue lamentable. Alejado de la lucha por el campeonato, vapuleado en la Copa Libertadores por Peñarol y Flamengo, el equipo no sólo sentía el vacío de dejado por aquellos jugadores, sino que generaba una paupérrima convocatoria. Entonces los dirigentes de Nuñez volvieron a la carga en la búsqueda del flaquito que la "rompía" en Wanderers.
Comenzaron las negociaciones, y luego de muchas idas y venidas, se llegó a un
principio de acuerdo: 310.000 dólares limpios para Wanderers, más el 20 por ciento de la
diferencia entre el precio de compra y de venta en una futura transferencia a Europa.
También River se hacía cargo del 20 por ciento que le correspondía a Enzo y un 10
porcientos a intermediario. El único problema era que River no contaba con todo ese
efectivo, por lo cual propuso dar 50.000 dólares en efectivo y el resto en cuotas
avaladas por el Banco de Nápoles, con el dinero de la transferencia de Ramón Díaz.
Mientras tanto Enzo viajaba a Buenos Aires, y arreglaba su contrato personal sin mayores
problemas. De esa forma todo estaba OK. En Wanderers sólo faltaba una Asamblea de Socios,
que aparentemente era una formalidad...
En aquella Asamblea no se estaba muy de acuerdo con
las el pago en cuotas, y había una gran incertidumbre. Había desconfianza por el cobro
de esas cuotas, además se comentaba que el Milan de Italia estaba interesado en Enzo.
Todos daban su opión, hasta el mismísimo Enzo: "Yo quiero jugar en River, es una
gran oportunidad para mí. Y espero no desaprovecharla. Todos saben el nombre que tiene
River internacionalmente. Y yo sé que se trata de un club elegante, cuya hinchada admite
únicamente al que sabe jugar, que tiene un estilo definido, que siempre se destaca por su
buen fútbol. Por eso me tengo fe. Creo que mi estilo andaría bien en River Plate".
A la hora de la votación, luego de dos horas de debate, por 85 votos contra 66 se
decidió denegar la venta y pasar a un cuarto intermedio hasta que se modificaran las
condiciones de pago y se extendiera por tiempo indefinido el aporte de aquel 20 por ciento
por una futura. River accedió a esos pedidos, y se comprometió a liquidar todo el dinero
en agosto de 1983. Bajo esas condiciones el jueves 24, se firmó un pre contrato que fue
aprobado por una segunda Asamblea. Cuando todo parecía que terminaba, surgió un
inconveniente con los avales, y no se podía realizar la venta. Así, luego de varias
gestiones, River consiguió nuevos avales y pudo, finalmente el 21 de abril de 1983
concretar la compra de Enzo Francescoli.
La dura llegada...
"Lamentablemente
para todos, tantas tratativas quizás magnificaron mis cualidades, por eso espero no
defraudar a nadie. Tan sólo tengo la ambición de satisfacer las expectativas que se
crearon. Pero quiero recalcar que en River hay jugadores de primer nivel y yo seré uno
más. No me considero el salvador de River. Lo único que voy a tener que hacer el domingo
es no pensar en que todos los ojos van a estar puesto en mí. Eso sí: vine a uno de los
mejores clubes del mundo y no me voy a achicar". Fueron unas de las primeras
palabras de Enzo cuando llegó a River. Llegaba a un equipo devaluado, que extrañaba a
horrores a las glorias vendidas en los últimos años. Llegaba a un equipo que reclamaba a
gritos volver a ser River.
Había una gran expectativa, y el 24 de abril de 1983
los hinchas fueron al Monumental a ver al "salvador", mal que le pesara al
muchachín de 21 años. Fue por la segunda fecha del Campeonato Nacional, y River salió
al campo para enfrentar a Huracán con Fillol, Saporiti, Tarantini, Nieto, Jorge García,
Bulleri, Gallego, Francescoli, Bica, Chaparro, Commisso. River ganó 1 a 0, pero eso fue
lo de menos. Lo importante, tuvo que ver con los movimientos de ese número "10"
que a los dos minutos despertó la primera ovación cuando giró sobre la línea lateral y
salió airoso de la marca, y que a los 20, tras empalmar un centro de Chaparro que
finalmente terminó en corner, fue receptor de ese murmullo convertido en canto, que
después escucharía tantas veces "Vení, vení, cantá conmigo / que un amigo vas a
encontrar / que de la mano / del Uruguayo / todos la vuelta vamos a dar".
Tres días después del debut, River enfrentó a Ferro en Caballito. Triunfó 1 a 0 con un gol de Enzo de penal. Las cosas parecía encaminadas... Así contaba Enzo: "Allá en Montevideo, la imagen que tenía de River era la de un club muy grande con jugadores que debían competir entre ellos. Es la vieja historia de las trenzas, los caudillos... Yo me sentía intrigado con todo eso y resulta que me encuentro con muchachos macanudos, que se abren a la amistad. Por mi carácter, por mi forma de ser, muchas veces quedaba apartado, solitario. y siempre alguno se acercaba para bromear o conversar conmigo. Se daban cuenta que me sentía sólo y que me daban el apoyo, la confianza que necesitaba. Si hasta el día que surgió un penal me lo dieron para que lo pateara. En los entrenamientos yo tiraba alguno, pero Jorge García y Nieto eran los especialistas. Cuando se dio el penal contra Ferro, se acercó García y me pidió que lo pateara. Tiralo vos, le dije yo. No, queremos que lo patees vos, me contestó. Y ésa es una prueba de confianza que me compromete con todos mis compañeros".
Semanas más tarde, comenzaba un conflicto entre los
jugadores y los dirigentes. Había problemas financieros y el primero lo tuvo el
"Conejo" Tarantini. Luego lo tuvo Fillol y así fue como el 29 de junio, por el
no pago de haberes, el plantel millonario se declaró en libertad de acción. Y comenzó
la huelga. El conflicto se agudizó. River presentaba un equipo de juveniles, entre los
que jugaban Mariano David Dalla Líbera, Néstor Raul Gorosito y Néstor Adrián De
Vicente, para enfrentar conjuntos profesionales. Luego de 7 partidos, los chicos habían
ganado 2, perdido 4 y empatado 1. Los hinchas ya no soportaban la situación, y comenzaron
a ponerse en contra del plantel. Si bien los "grandes" volvieron a jugar, no
había una buena situación con la gente.
Allí Enzo comenzó a notar las diferencias entre el Wanderers y River Plate. Comenzaba a extrañar a sus padres, a su novia Mariela que todavía vivía en Montevideo, sus amigos. El fútbol argentino también era otra cosa. En ese primer año, Francescoli sufrió algunas brusquedades que todavía no estaba preparado, y tuvo que quedar afuera en dos oportunidades por importantes lesiones. No sólo Enzo andaba en la mala, sino que también River estaba en uno de sus peores momentos. En ese campeonato del ´83 River quedó en el puesto 18º entre 19 participantes.
En noviembre Enzo es convocado a la selección de su
país, y si bien los dirigentes de River se oponían a que se vaya, el técnico de
Uruguay, Omar Borrás, les decía "Quédense tranquilos, que para estos partidos
yo me llevo un diez, pero les voy a devolver al mejor diez del país". Enzo
anduvo bien en su país, le metió un gol de tiro libre a Brasil en la final y fue una
pieza clave de su equipo.
Las aguas estaban divididas... Muchos lo apoyaban, otros lo descalificaban. Terminó ese 1983 y comenzaba una nueva etapa para Enzo, donde por fin "despegaba" y desmostraba todo lo que sabía.
La Consagración...
Enzo tenía muchas ilusiones depositadas en el año que arrancaba. El siempre confió en sus condiciones y no estaba dispuestos a bajar los brazos. Tenía una personalidad que, lejos de la fragilidad que aparenta, es fuerte y obcecada, seguramente como consecuencia de sus raíces italianas.
Ya había pasado la huelga de los jugadores, sus lesiones y con su casamiento proyectado para febrero de ese año las perspectivas parecían otras. Parecían simplemente porque en los primero días de 1984 asumió Luis Alberto Cubilla. Y el uruguayo aparentemente no tenía a Enzo entre sus planes. Le decía a la revista El Gráfico del 10 de enero de ese mismo año cuando se le preguntó si estaría dispuesto a que River se desprenda de Francescoli para conseguir el pase de Alfaro: "Si hacemos diferencia económica y deportiva, si. Pensemos que su cotización está en los 400 mil dólares. Con ese dinero estaríamos en condiciones de traer tres excelentes valores para reforzar el equipo sin comprometer el partrimonio del club".
Pero Francescoli no quería saber nada con irse del club, y daba sus motivos por aquellos días: "No me interesa para nada irme de River. ¿Por qué? Porque me propuse triunfar aquí, porque yo vine desde mi país el año pasado para jugar en uno de los equipos más importantes y siempre confié en rendirle al máximo de mis posibilidades. Se que no lo pude hacer todavía, por eso lo mío es una cuestión de orgullo".
Enzo se quedó en el club, pero igualmente Cubilla consiguió que le traigan a Alfaro. Estaba claro que entre Roque y el Beto Alonso que regresaba de su exilio forzozo en Vélez, se encontraba el diez de River. Y que Francescoli no iba a tener la posibilidad de pelear por ese puesto, pero tampoco podía "desaparecer del mapa". Por eso, Cubilla lo hizo jugar de ocho, una posición que Enzo no sentía para nada. No estaba para nada de acuerdo, pero se puso la ocho y comenzó a luchar. Así y todo, Enzo tuvo una clara recuperación, comenzó a convertir goles y a destacarse, ya no era el mismo del año anterior. Siempre señaló que la llegada de Alonso fue clave en su recuperación.
River llegó a las semifinales del Campeonato Nacional, y allí
venció 2-1 a San Lorenzo, tanto en el partido de ida como en el de vuelta. Faltaba un
solo obstáculo, que era Ferro Carril Oeste. Parecía un barrera no muy complicada, pero
el equipo de Griguol le ganó 3 a 0 en el Monumental. El partido revancha fue en
Caballito, y a los dos minutos del primer tiempo "La Máquina Verde del Oeste"
se colocó en ventaja. El encuentro no concluyó porque la hinchada de River comenzó a
quemar los tablones de Caballito, y la barbarie se propagó al campo de juego. Fue un
golpe muy duro para los dirigidos por Cubilla. Semanas después River pierde con Unión 5
a 1, lo que termina con el entrenador uruguayo. Para Enzo concluía así una de las etapas
más difíciles, más allá de que nunca hubiera armado un escándalo público el hombre
respidaba aliviado la ida de Cubilla. Pero hasta de las experiecias malas también se
aprende...
Producida la desvinculación de Cubilla, asume como entrenador interino Don Adolfo Pedernera, que era el máximo responsable del fútbol amateur. Allí comenzó a gestarse un nuevo River a partir del cambio de posiciones de unos cuantos jugadores: Francescoli pasó de ocho a "nueve y medio", como le gusta definir su puesto al mismo Enzo, Héctor Enrique de siete a ocho y Alfaro quedó como rueda de auxilio en el medio campo. Si bien no se obtuvieron resultados rápidamente, se vislumbraba un cambio. Así lo revive el mismo Enzo: "Con Don Adolfo nos encontrábamos muchas veces en la confitería del club y charlábamos. Respecto a mi posición un día me dijo: Vos tenés todas las condiciones para engancharte en los últimos 30 ó 40 metros de la cancha, tenés que ser mucho más desequilibrante de los que sos volanteando. Y tenía razón. Hoy le estaré agradecido por ese cambio".
Ya casi empezado el campeonato, se elige el nuevo director técnico: Héctor Rodolfo Veira. El primer partido lo vio desde la platea, y cuando le preguntaron por Enzo dijo lo siguiente: "¡Que jugadorazo!, le tiran cualquier cosa, él la mata y sigue. Es un fenómeno".
Veira tomó el equipo a mediados del Metro del ´84, y
en ese torneo River finalizó en la 4ta. ubicación, a ocho puntos del Campeón Argentinos
Jrs. Enzo ya era Príncipe y cada vez jugaba mejor. "El apodo surge porque yo
andaba con un metejón con el tango Príncipe -Comenta el relator Víctor Hugo
Morales- y lo cantaba a cada rato. Hizo un gol y repetí una parte: Príncipe soy,
tengo un amor y es el gol . Aparte el apodo le caía justo al hombre algo melancólico,
tristón, con un andar verdaderamente principesco. Por eso, más que nada, creo que
perduró en el tiempo". En aquel torneo se convirtió por primera vez en
goleador, con 24 tantos.
El año ´85 comenzó con sorpresas. River contrató a Ruggeri y Gareca, que venía de Boca Jrs. luego de un conflicto con el club por su libertad de acción. También se sumó la "Araña" Amuchástegui. El equipo comenzó con buen pie el Nacional, pero sin uno de sus pilares, porque estaban las eliminatorias para el Mundial de México. Para Veira, Enzo era único. Lo demostraba en sus declaraciones: "Enzo te resuelve un montón de problemas. Es un fenómeno total. Para mi está en el gran nivel, a la altura de Platiní, Rummeniegge y Maradona. Hace todo, lo mando jugar atrás, de punta, y se hay que cabecear, salta como pocos. Nunca dice nada: va, juega y produce". De ese Nacional quedó afuera River, luego que lo eliminó Velez Sardfield.
El otro torneo fue diferente. Era un todos contra todos en dos ruedas y el nivel de juego de River iba creciendo. Una semana después de que comenzó la primera fecha, se sumaba al plantel un hombre clave para ese año: Claudio Alberto Morresi. Así, luego de una lesión de Alonso, Morresi ocupaba ese "cargo", y encaminba a River para el título. Nadie parecía detenerlo, aunque había que dar un par de exámenes todavía. Enzo se ilusionaba: "Ahora sobran afectos, todo es compañerismo. Y el título está cerca. Este es el River con el cual soñaba antes de venir", razonaba en los últimos días de 1985, tras recibir el Olimpia de Plata al mejor futbolista del año, el primero -pero no el último- de su carrera.
El comienzo de 1986 fue a toda orquesta y
Enzo estaba a punto de cumplir dos sueños: salir campeón con su equipo y participar en
un Mundial de mayores. Esos tres meses antes de su partida, fueron quizá los más
brillantes de su carrera, dejando ese imborrable recuerdo a toda la gente millonaria.
Promediaba el verano, y las clásicas copas en Mar del Plata. Era un 8 de febrero de 1986. Enzo siempre recordará esa fecha y la asociará con una de sus jornadas más felices. River jugaba contra Polonia, que se preparaba para jugar el Mundial ´86, por un triangular que también participaba Boca Jrs. Era un encuentro más, sin demasiadas presiones. Los polacos se adelantaron en el tanteador con un 4 a 2. A siete minutos del final, Francescoli convirtió el segundo tanto personal para acortar la distancia. Sobre la hora, Centurión puso el 4 a 4, que parecía definitivo. Ya pasados tres minutos en tiempo de descuento el Beto Alonso lanzó un tiro libre desde la derecha. El centro pasado aterrizó en la cabeza de Ruggeri, y su cabezazo cayó en el pecho de Francescoli. Casi en la puerta del área grande, el Príncipe empalmó de chilena el balón y la clavó en el palo izquierdo del indefenso arquero. El hombre salió corriendo, sin saber con quien abrazarse y a su vez queriendo abrazar a todos. El Tolo Gallego lo buscaba con los brazos abiertos sin saber bien que era lo que había visto. El Bambino entró al campo como poseído. El estadio había estallado y era una locura. Nadie podía reaccionar ante lo que acababa de observar. Enzo Francescoli había escalado hasta un punto inimaginable.
Solamente le faltaba el título, ese que
no se le podía escapar. Y fue el 9 de marzo de 1986, ante Velez, ganando 3 a 0, con un
gol propio de penal, en el Monumental. El Príncipe anotó el gol en el útlimo minuto y
quedó de cara a la tribuna local, con los brazos bien altos, símbolo inequívoco de una
victoria por la que había luchado como pocos. No podía ser de otra forma. No hubiera
sido justo. Con ese triunfo, el equipo del Bambino Veira se aseguraba el el campeonato
cuando todavía faltaban 5 fechas, y Enzo quedaba al tope de la tabla de goleadores con 25 tantos,
repitiendo así el rito de 1984. Junto con Ruggeri fue el jugador con más presencias en
el torneo: 31. Así recordaba a Enzo su compañero Jorge Gordillo: "Enzo no fue
fundamental sólo por los goles, también fue importantísimo para nosotros, los
defensores, porque cuando llegaba un momento del partido en el que no nos daban más las
piernas, se la tirábamos a él y descansábamos. El hacía el resto: aguantaba la pelota
el tiempo necesario y nosotros no podíamos recuperar tranquilos. Enzo ya era un referente
en aquella época, aunque no tuviera la trayectoria de tipos como Alonso y Gallego. Yo lo
vi muy feliz a lo largo de todo el campeonato: lo vivió a pleno y consiguió lo que se
había propuesto". También Roque Alfaro tiene palabras de elogio para Enzo: "En
mi primera práctica, yo estaba en el banco de suplentes de la cancha auxiliar viendo a
los jugadores y me preguntaba a mí mismo: ¿Cómo puede ser que a este tipo lo critiquen
tanto si es un fenómeno? Era la primera vez que lo veía, pero yo sabía que las cosas
que se decían de él. Eso fue en 1984. Y enseguida me di cuenta de lo buena persona que
es: a pesar de que yo llegaba para jugar en su puesto, el trato de él hacia mí fue
espectacular desde el primer día hasta el último".
Se acercaba el final de la primera etapa. Diez días después de aquel choque consagratorio ante Vélez, River enfrentó a Deportivo Español en el Monumental, y aprovechó para festejar con fuegos artificiales y una vuelta olímpica previa, la conquista del título. Esa fue la última función del Príncipe en esta primera etapa. Enseguida tuvo que marcharse a Uruguay para prepararse para el Mundial. Se comentaba que muchos clubes del exterior estaban interesados en él, pero la noticia se confirmó con el hombre fuera del país, sin la posibilidad de una despedida en vivo con la hinchada.
El Racing
Matra de París se llevaba al Príncipe en una operación que orillaba los 4 millones de
dólares. Concretada la venta, Enzo decía: "Cuando supe que la venta estaba
concretada, sentí como un nudo en la garganta, una cosa rara. El otro día me dijo el
Beto que quieren hacerme un partido despedida y una fiesta, ¡No, por favor! Voy a hacer
un papelón, mi Dios. No quiero pensar en ese momento, creo que puedo ponerme a llorar
como un chico... Pero acuérdense de una cosa: Yo termino mi carrera en River, acuérdense
de lo que digo esta noche...".
Así se fue Enzo, en la cúspide de popularidad, provocando admiración a cada paso, generando en el hincha millonario un sentimiento demasiado fuerte para que pudiera olvidarse por una simple venta, enarbolando la bandera del triunfo. No sólo había ganado un campeonato. Se había ganado a él mismo, a los malos viejos tiempos, a sus deseos de quedarse en River pese a que algún técnico de turno lo quería bien lejos de Nuñez.
Así se fue Enzo, con el campeonato bajo el brazo y con al promesa del regreso en el corazón.
Enzo en Europa...
Le costó mucho tomar la desición, pero era sin dudas un paso importante el llegar a Europa. Si bien iba a Francia, pensaba que sería el trampolín para llegar a Italia. Pero, por los caprichos del presidente del Matra Racing, quien veía al fútbol sólo como un medio promosicional, le negó la venta a los más importantes clubes de Europa. Así Enzo malgastó sus tres mejores años de su vida profecional en un fútbol que no sentía. Allí, en París, angustiado por la frialdad de un público que no siente el fútbol com él siempre lo había mamado en la calidez del Río de la Plata, Enzo Francescoli se quedó sin ese motor poderoso que ordena los movimientos del cuerpo. Se quedó sin alma.
Francescoli no fue el único jugador que
había comprado el Matra Racing, ya que se había hecho una gran inversión de más de 30
millones de dólares, con la intención de formar un equipo competitivo, y así ganar su
primer campeonato francés, y más tarde la Copa de Europa. Pero al poco tiempo, todo lo que eran
ilusiones se transformó en fracaso. El equipo, a pesar de los nombres, nunca tuvo un alto
nivel de juego. No lograban llevar más de 3.000 personas de visitantes y de local apenas
llegaban a cubrir las 8.000 butacas de una tribuna. Hasta se llegó a pelear el descenso.
Enzo comentaba lo siguiente: "La marca acá es otra cosa. Cuando un tipo sale a
marcar, lo tenés colgado los noventas minuto, sin lagunas. Me parece que desde chicos
aprenden a jugar de líberos o de stoppers, así como a nosotros nos enseñaban a
gambetear. Pero lo mío no es fracaso. Tengo cuerda para rato. No recorrí 12 mil
kilómetros para salir con la cola entre las piernas. Pa mí, Racungo de París sigue
siendo el nombre de un desafío. Cuando uno anduvo bien en todos lados y se encuentra ante
una situación como ésta, donde nadie dice nada pero muchos miran por el rabollo del ojo,
es cuando más deseos tiene de triunfar, de demostrar que uno vale de verdad, que su
pasado es verídico. Me procupa mucho ganar el desafío de París. Quiero mostrar que yo
nunca trampeo, que voy siempre al frente".
La historia de su primer año en River se repetía: las dificultades para adaptarse al madio nuevo, las nostalgias, la soledad. En aquellos primeros días, Enzo siempre tenía en la mente a River. Incluso, en más de un entrenamiento, se quitó la camiseta celeste y blanca de Racing y debajo apareció la blanca con la banda roja. En Buenos Aires no se lo olvidaba. Ni la gente, ni sus compañeros, que lo tenían presente en cada uno de los cantitos pos-triunfo de la Copa Libertadores. Enzo siguió esa Copa como si la estuviera jugando. La sintió como propia. Como lo recuerda Roque Alfaro: "Siempre nos llamaba antes de los partidos para ver como estábamos y para desearnos suerte. Y si alguna vez no podía hacerlo, porque tenía que viajar o algo así, nos dejaba un número donde lo podíamos ubicar. En esos casos el que discaba era el Tano Gutierrez, después nos íbamos sumando de a uno y terminábamos hablando todos". Enzo también describía con emosicón aquellos días de octubre de 1986... "El triunfo de la Copa me pareció muy mío. Cuando me fui de River, sentí que había dejado algo sin terminar, inconcluso. Por eso me importaba tanto. El triunfo en Cali contra América fue una locura. Nunca me había sentido así. Cuando me despertaron con el teléfono no lo podía creer. Todavía me siento parte del grupo, uno más entre ellos. No estar ahí me rompió el corazon". También agregaba: "Cuando me fui de River dije que iba a volver. Y mantengo sea decisión, quiero terminar mi carrera en River y espero poder cumplir, con la gente y conmigo, porque di mi palabra, pero todavía no es el momento preciso. Ni para River ni para mi. Pero ya va a llegar ese día...".
La situación comenzaba a mejorar. Racing zafó del descenso y Enzo comenzaba a mostrar su talento. Así fue elegido como el mejor extranjero del campeonato francés, según una encuesta entre los 20 capitanes de los equipos de primera división. Clubes como la Roma, el Atlético de Madrid o el Barcelona de España posaron sus ojos en él. Hasta se llegó a dar por hecha una trasnferencia a la Juventus de Italia.Pero el presidente del club no lo dejaba ir. "El hombre no lo quería soltar por nada del mundo. Era como una obsesión. Le preguntaba a Enzo: "¿Que querés? ¿Otro auto? Tomá, te lo doy. ¿Otra casa? No hay problemas, sólo decime donde... Lo que no entendía era que Enzo no era feliz ahí", explica Don Ernesto Francescoli. También Enzo contaba: "Es que a mí lo que más me choca es el ambiente, la falta de pasión, jugar con dos mil personas. Yo tengo que sentir que voy hacer algo importante cada semana. Siento que me estanqué futbolísticamente, se qu ahora mucha gente duda de mis condiciones. No puedo dejarme estar, no puedo conformarme con mi gran sueldo, mi piso en París , con mi Mercedes Benz y tomar al fútbol como un trabajo, como algo formal donde debo cumplir horarios. Yo necesito, para vivir, que el fútbol sea importante, que me oblige a sacrificarme. Acá perdés 3 a 0 y nadie dice nada. Yo prefiero todo lo negativo que viví en Argentina, aquel primer año. Porque me obligó a esforzarme, a corregir los errores. Si me hubiera ocurrido en Francia, ya habría terminado mi carrera, no tengan dudas. No soy necio, preo tampoco digo que soy el Pelé del fútbol. Sé que puedo rendir mucho más. Quier ir a Italia, España, y recién luego volver a Argentina. Ya que hice un viaje tan largo, no me quiero volver con las valijas vacías.
También vivió momentos de felicidad en aquellos
años, como fue el nacimiento de Bruno y Marco, sus dos hijos. Y la felicidad deportiva se
dio a mediados de 1989, con el pase a Olympique de Marsella, que si bien no era el
paraíso, implicaba una ciudad mucho más futbolera que París. Así comentaba Enzo este
momento: "Estoy loco de la vida, encontré el equipo que quería, con aspiraciones
de ganar todo y un clima fervoroso. Ya no quería perder más el tiempo en Racing".
Con el Olympique, Enzo ganó el campeonato francés y acarició la Copa de Campeones,
luego de perder con el Benfica 1-0 con un gol con la mano convertido por Valdo.
Deportivamente le fue muy bien y se le abrieron las puertas del calcio italiano. No fue la entrada triunfal que soñaba. Enzo ingresó al fúbol italiano en 1990, a través del pequeño Cagliari, un club de provincia, que luchaba más por no perder la categoría que por otra cosa. Enzo se ganó el respeto de la hinchada. En la primera temporada el equipo se salvó del descenso y en la siguiente protagonizó una campaña extraordinaria, alcanzando la clasificación para la Copa de la UEFA, un hito totalmente novedoso. Pero lo curioso fue que Enzo jugó el primer campeonato completo con una fisura de peroné, lesión que nadie logró diagnosticar. Cuando los hinchas se enteraron, creció la admiración hacia ese Falco descendiente de tanos. Enzo no faltó a ningún encuentro, pese a que arrastraba una fisura que lo perseguía todos los días y a toda hora. "A veces, sin querer, le rozábamos la pierna y el loco gritaba como un condenado. No entendíamos cómo le podía doler tanto un simple derrame"; comentaba Pablo, el hermano menor de Enzo.
Luego, Enzo pasó por el Torino, pero cada vez estaba más cerca de River. Ya había recuperado la calidez que entregan las ciudad cordiales. Ahora soñaba con revivir aquel amor cortado abruptamente. Aquel amor llamado River.
La Vuelta Triunfal...
Durante sus ocho años en Europa, siempre estaba latente la posibilidad del regreso. Hasta se lo llegó a querer vincular con Boca Jrs. Por el ´89 decía: "No es que me quiera comparar con ellos, sería presuntuoso de mi parte, pero es lo mismo que Maradona se pusiera la camiseta de River, o Beto la de Boca. Pero, sin dudas que si la oferta fuera de River ya estaría allá. Sin dudarlo". Y unos meses más tarde, tras haber pasado al Olympique de Marsella comentaba: "Firmé por tres años. Cuando tenga treinta, el pase va a ser mío y voy a estar en condiciones de decidir yo. Entonces es posible que vuelva. A River lo llevo acá (señalándose el corazón)".
En
1991 se cruzó con River, pero enfrentándolo en un cuadrangular en Europa. Luego de esos
partidos Enzo expresaba: "Realmente, cuando entré a la cancha y vi esa camiseta
enfrente de mí, me invadió la cabeza una sensación rara. De mi época estaba sólo el
Tapón (por Gordillo) y Miguelito (por José Miguel). Pero me pareció justo, a pesar de
que tuve que hacer un gol, porque ese era mi trabajo, no gritarlo. Me gustaría volver,
pero el tema es cómo y cuándo, sobre todo cuándo. Porque tampoco quiero volver a una
edad en la que físicamente no pueda responder. A mí me gustaría volver para ganar
todo".
Ya en el Torino, en abril de 1994, Enzo decía: "Claro que me gustaría volver, es un sueño que tengo todos los días. Pero no depende de mí: tengo un año más de contrato con el Torino y es el club el que debe decidir. No quiero hacerme muchas ilusiones... Con respecto a mi relación con los hinchas de River creo que no cambió nunca. Allí viví mi mejor etapa como jugador. Inclusive, me acuerdo de la promesa que hice: que después de mi experiencia en Europa iba a volver. Y creo que ahora es el momento ideal. Tengo 32 años y mucho más no puedo esperar. No quisiera regresar levantando suspicacias que vuelvo para robar. Es ahora o nunca". Y gracias a Dios fue "ahora".
El "operativo retorno" no fue demasiado sencillo. Muchos dirigentes dudaban del aporte que podría realizar un jugador de casi 33 años, luego de un inexpresivo paso por el fútbol Europeo y por clubes de escaso renombre. Por otro lado, al técnico de esos momentos, Daniel Passarella, no veía con buena cara el hecho de compartir cartel con una estrella de la personalidad de Francescoli.
Pero Pasarella se ganó el puesto para dirigir la
selección Nacional, y así, junto a la consigna del Presidente de River Plate, el Dr.
Alfredo Dávicce, de "volver a las fuentes", parecía que se iba a realizar
finalmente el retorno. Dávicce ya había apostado al retorno de Ramón Díaz en su
momento, con un éxito inesperado. Ahora quería repetir la fórmula. Las condiciones
estaban dadas, solamente faltaba destrabar el pase de Enzo en el Torino de Italia. Y allí
tuvo mucho que ver Paco Casal, manager y amigo del Príncipe. Gracias a sus gestiones,
Enzo pudo volver a River sin que el club tuviera que desembolsar dinero.
El martes 30 de agosto de 1994, a las 19:20, Francescoli entra a
la sala de honor de River Plate, tras haber acordado un contrato de un año y medio de
duración, escoltado por el ex compañero ahora técnico del equipo, Américo Rubén
Gallego, y esto era lo que decía el entrenador: "A mi me tocó recibirlo en el
´83 como capitán del equipo y ahora me toca hacer lo mismo, pero como entrenador.
Tenemos una relación muy buena, me acuerdo de cuando salíamos a comer juntos con
nuestras familias. Pero lo importante es que no jugará porque es mi amigo, lo hará
porque es un gran jugador".
Días más tarde, Enzo comentaba: "Siento que hubiese vivido en River desde siempre, como si nunca me hubiera terminado de ir. Y el afecto está más allá del éxito deportivo. La gente se me acerca y me dice que no importa si juego bien o mal, que me quiere ver aunque sea cinco minutos con la camiseta de River. Es difícil explicar lo que uno siente cuando escucha cosas así. No tengo miedo de defraudar. Para nada. Si vine es porque estoy convencido de que puedo comenzar otro capítulo tan exitoso como el anterior. Además, siempre dije que volvería a River con cosas para dar, no en el último cuarto de hora...".
Ya estaba de vuelta. Ahora sólo faltaba que se coloque de nuevo la gloriosa camiseta con la banda roja en el pecho. El quería demostrar que tenía mucho para dar, por eso, siete días después de que firmaba su contrato, el miércoles 7 de septiembre de 1994, Enzo salía nuevamente del túnel del Monumental, en este caso para enfrentar a Nacional de Montevideo, por la primera fase de la Supercopa. Así volvió, con su magia y marcando un gol de penal en el primer tiempo. También volvía un clásico de la hinchada millonaria "Que de la mano / del Uruguayo / Todos la vuelta / Vamos a dar!!!". Habían pasado 8 años, 5 meses y 19 días desde aquel partido contra Español del 19 de marzo en que dijo adiós sin saludar. Enzo había vuelto, y era como si nunca si hubiese ido.
Por aquellos días, coincidiendo con el regreso de Enzo, debutaba
en River otro futbolista que con el tiempo también se ganaría el corazón de la hinchada
de River. Un verdadero personaje que ocho años atrás de deiltaba viendo por la
televisión las delicias del Flaco. Así recuerda Germán Burgos esos primero días: "Yo
llegué a River el mismo día que Enzo firmaba su contrato. Estaba esperando que me
llamaran, cuando lo vi pasar. El tenía que esperar no se que cosa y me invitó a tomar un
café en la confitería del club. No entendía nada, yo apenas lo conocía por la
televisión y el me llamaba por mi nombre. Ahí nos quedamos charlando un rato. Para mi
fue bárbaro, shockeante, no lo podía creer. Después comprendí que esa actitud lo pinta
tal cual es como persona. Yo me acuerdo que cuando escuchaba los partidos por la radio,
cada vez que lo entrevistaba Muñoz por un gol que metía, el declaraba que todo había
sido mérito de sus compañeros, que había recibido un muy buen centro, ese tipo de
cosas. Eso es humildad. Es lo que yo más rescato de Enzo. El Flaco es un gran tipo, es
como esos pibes que se destacan en el Colegio y son "diez" en todo. Bueno, así
es él, "diez" en todo, je, je, :-)".
No fue Burgos el único que se conmovió con ese tipo de
actitudes. Hernán Crespo, también cuenta su historia: "Yo entré a un
restaurante y lo vi en una mesa comiendo con Paco Casal. Pasé cerca de él, pero no me
animé a saludarlo. Me senté y dos minutos después sentí que me tocaban el hombro. Era
Enzo: Hola Hernán, Mucho gusto. Yo soy Francescoli. Te felicito por los goles que estás
metiendo y ojalá que podamos ser compañeros. A pesar de la diferencia de edad, creo que
podemos ser buenos amigos... No lo podía creer. Ese es el Señor Francescoli".
Pasaron los partidos y River tuvo que enfrentar a Boca por la Supercopa. Era la primera vez que Enzo pisaba la Bombonera, porque en la etapa anterior había estado clausurada. Y no le fue tan mal en el debut: convirtió un golazo de tiro libre, clavando la pelota en el ángulo derecho del arco de Navarro Montoya. El partido terminó 1-1, y luego Boca ganó por penales. Fuera de la Supercopa, River siguió su marcha en el campeonato Apertura. Enzo mostraba toda su calidad partido tras partido, y sumaba goles a su cuenta personal. El 26 de noviembre de ese año, Enzo quedó al tope de la tabla de goleadores del torneo y alcanzaba los 76 tantos con la camiseta de River, igualando el record de máximo artillero en la historia de River Plate, junto a su compatriota Walter Gómez.
Era la recta final del Apertura y se peleaba cabeza a cabeza con
San Lorenzo. A tres fechas del final, el equipo del Bambino Veira estaba a dos puntos de
River, pero con un partido menos, porque tenía suspendido un encuentro con Newell´s, con
el cual hipotéticamente podría haber alcanzado a River. El 6 de Diciembre, San Lorenzo
venció 3-1 a Vélez en su estadio mientras que River igualaba 1-1 en el Monumental. En el
nuevo gasómetro, con el encuentro concluído, se quedaron palpitando el final del partido
de River. En Nuñez el clima no era el mejor, porque no sólo se perdía un punto
importantísimo con Talleres, sino que a la fecha siguiente había que ir a La Boca para
enfrentar al equipo xeneize, que esperaba ese partido para "salvar" el año, ya
que habían perdido la final de la Supercopa con Independiente. Pero en la agonía
apareció El Flaco. En la última jugada de la tarde, cuando se disputaba el octavo minuto
de descuento, Enzo Francescoli emergió entre la multitud en el área, buscando la pelota
que había llegado por un centro, metió la cabeza y salió despedido como un loco en su
balada, revoleando la camiseta como un verdadero desaforado. Era el gol del Campeonato.
Merecía semejante coreografía. Al final, River ganó 2-1, mantuvo su ventaja y Enzo
zafó milagrosamente de la amonestación que lo hubiese dejado afuera del superclásico,
por llegar al límite de cuatro amonestaciones.
El domingo 11, el que espera en la Bombonera era el Boca de
Menotti, un equipo sin chances de pelear el título y que había reservado los titulares
el miércoles para enfrentar el domingo a River. Enzo pisó esa cancha por segunda vez, y
se pudo realmente retirar plenamente feliz: se había vapuleado a Boca desde el primero al
último minuto y se lo humilló con un 3-0 lacerante. Esa tarde San Lorenzo empató 1-1
con Lanús, y en la semana perdía con Newell´s 2-0 en Rosario. Esa noche River se
coronó Campeón. El domingo, antes de arrancar el encuentro final ante Vélez, un
Monumental colmando deliró con una nueva vuelta olímpica, la número 24. El partido
terminó 1-1 y era la primera vez que un equipo de River se consagraba campeón invicto.
Enzo fue campeón en su primer intento, fue el alma del equipo y también goleador del
torneo con 12 tantos. No podría haberlo diagramado mejor.
Ya en el verano, desde su querido Uruguay, Enzo comentaba: "Me reecontré con un afecto que, desde que me fui a Europa, no tenía. Y con un montón de cosas que anímicamente me hacen sentir muy bien. El fútbol pasa mucho por la cabeza y, en ese sentido, es como si hubiese vuelto a vivir. Con sinceridad, cunado volví pensé que me iban a ir bien las cosas, pero nunca que llegaría a ser campeón y goleador. Vivir algo así no lo imaginé nunca...". Ahora el sueño de Enzo era la Copa Libertadores, aquella que por su ida a Europa sólo pudo participar en dos ocasiones.
Aquel 1995 tuvo para Enzo dos sabores bien distintos. Por un
lado, el dulce, el del reencuentro con su gente por la conquista de la Copa América, y el
de recuperar un nivel de juego más alto todavía que el de 1994, que lo llevó a incluso
a recibir nuevamente el Olimpia de Plata al mejor futbolista del año. Por otro lado, el
amargo, el de los desencantos con River, el de las frustaciones por no campeonar
nuevamente. Fue un año demasiado flojo para un club
acostumbrado a los éxitos. Y fue un año demasiado inestable,
para un club tan acostumbrado a los ciclos duraderos. Arrancó el año Carlos Babington,
como entrenador porque el cuerpo técnico tuvo que partir a la selección. El
"Inglés", de entrada comprendía muy bien el respeto por Enzo: "Francescoli
es líder porque tiene una gran ascendencia sobre el plantel, no le hace falta el
temperamento de un caudillo, como podía ocurrir con Pastoriza por ejemplo, para que los
chicos lo miren como espejo. La idolatría no se la regala nadie, es el premio a una
trayectoria y a una conducta". A Babington no le fue bien en Nuñez. Dejó de
lado el torneo locar para dedicarse de lleno a la Copa, y aunque allí el equipo estaba
clasificado para disputar los cuartos de final jugando en un gran nivel, la dirigencia de
River decidió rescindirle el contrato.
Algunos confundidos, sin tener en carpeta a un candidato firme, le llegaron a ofrecer el cargo de entrenador a Enzo. No se sabía bien si querian un técnico-jugador como alguna vez lo fue Ruud Gullit o se trataba de una invitación a que colgara los botines, cosa que hubiese sido imperdonable. A mediados de 1995, durante el impasse impuesto por la Copa América, Ramón Ángel Díaz se hico cargo del plantel profesional. A las dos semanas de asumir, River debía enfrentar a Vélez por la Copa Libertadores. Enzo debió tragar saliba y esperar, porque se había luxado el hombro izquierdo en el último minuto de la final disputada contra Brasil, y no podía dar el presente. Tenía para un mes de recuperación. El equipo de Ramón superó esa instancia y debió enfrentar a Nacional de Medellín. Enzo seguía con su recuperación y se especulaba que si River llegaba a la final la podría jugar. Pero no pudo ser. El equipo de René Higuita venció a River por penales, despues de caer 1-0 y de ser dominado claramente todo el partido. Enzo se lamentaba desde la platea. Otra vez se derrumbaba el sueño dorado de la Copa Libertadores de América.
El Príncipe volvió tras la lesión el 27 de agosto frente a Banfield, por el Apertura '95, con una victoria 2-1. Quedaban dos objetivos hasta fin de año: la Supercopa y el torneo local. Pero alguna cosas no andaban sobre ruedas. La relación con el Pelado, aunque sin llegar a ser de una enemistad manifiesta, no era de lo más fluída. Lo cierto es que había ansiedad en Nuñez. En la Supercopa, River eliminó a Peñarol con dos goles de Enzo (que no gritó), después a Gremio con tres tantos de su mejor jugador (uno en Brasil y dos en Nuñez) y finalmente cayó por penales ante Independiente en la semifinal. Fue un golpe muy duro. Encima, cuatro días después visitaba el Monumental el Boca puntero e invicto de Diego Maradona, que a tres fechas del final lideraba con comodidad el certamen. Antes de comenzar el partido, los capitanes se saludaron entre una maraña de cámaras. Después, con un hombre menos en el campo y con el hombro malherido nuevamente por una mala caída, Enzo manejó los pocos ataques millonarios. Hasta casi convierte un gol de mitad de cancha. Pero el encuentro terminó 0-0, aunque Boca la fechas siguientes perdió con Racing 6-4 y ante Estudiantes 1-2, no logró el campeonato. En River suspiraron aliviados.
Enzo debía ir al quirófano. No existía otra chance si pretendía continuar jugando. Y Enzo aceptó. En River, se volvió a suspirar aliviados.
Siempre se puede ser más grande...
Enzo había concluído 1995 con la necesidad de ir al quirófano. Su hombro izquierdo exigía una operación para darle un corte definitivo a los frecuentes episodios inestables que venía sufriendo en el segundo semestre de ese año. Muchos temían que esa operación fuese el fin de la carrera de Enzo como futbolista, también se lo asociaba como el posible sucesor de Ramón Díaz en la dirección del equipo, pero gracias a Dios no fue así. Y Enzo se operó pensando en su vuelta. Y nunca se debió imaginar que en los próximos 2 años, no sólo levantaría la Copa Libertadores que él tanto soñaba, sino que triplicaría la cantidad de títulos conquistados hasta ese momento con River.
Enzo se operó 4 días más tarde de aquel partido
empatado con Boca, ya que River no tenía nada importante hasta el siguiente año por
jugar. Ese verano, desde sus vacaciones en Punta del Este, Enzo hablaba sobre el año que
había pasado: "Hasta yo me sorprendí de llegar a esta altura de mi carrera y ser
tan importante con mi fútbol en un medio tan duro como es Argentina. Es complicado
encontrar una explicación exacta. Creo que se trata de una cuestión anímica: hoy en
día, en River jugego con una tranquilidad que no la tiene casi ningún jugador. Creo que
algo así le debe pasa a Diego (Maradona) y también le pasó al Bocha (Bochini) o el Beto
(Alonso). Digo esto porque cuando volví al club, mucha gente pensó que volvía para
robar. Para mi era un compromiso muy grande. Por ahi me hubiera convenido no venir y que
la gente se quedara con aquel gran recuerdo de mi primera etapa. Pensaba no fracasar, pero
nunca imaginé lograr todo esto". También Enzo comentaba: "De los
sueños realizables creo que el más importante es levantar la Copa Libertadores. Y eso me
da bastante manija para seguir. Con respecto a mi retiro no tengo puesta ninguna fecha.
Será cuando no aguante más las obligaciones del fútbol como las concentraciones o los
viajes o cuando físicamente no esté acorde con los que necesito para jugar".
El equipo arracó el nuevo año de la manera que
había terminado el anterior: muy mal. El 15 de febrero de 1996, ochenta y un días
después de su último partido contra Boca, Enzo volvía a la cancha, justamente para
enfrentar al eterno rival. Y no lo podía hacer mejor: se le ganó a Boca con un gol de su
marca, superando el achique de Carlos Fernando Navarro Montoya, obteniendo una victoria
por 1-0. El mismo arquero de Boca, al fin del partido, se cruzaba hasta el vestuario rival
para pedirle la camiseta. Pequeños lujos que sólo unos pocos futbolistas pueden generar
con su magnetismo. Enzo comentaba después del partido: "No me sentía al cien
porciento para jugar. Para estar realmente bien, debía esperar otro mes, pero no
aguantaba más. Necesitaba pasar la barrera del primer partido para sacarme el miedo a
mover el brazo con normalidad. No le tengo miedo al dolor que significa sacarse el hombro,
pero sí a todo el proceso de recuperación que viví el año pasado. No tiene que ocurrir
nada raro, pero la incógnita va a existir hasta que juegue varios partidos seguidos. Esta
fue la lesión más difícil de mi carrera, nunca sufrí problemas importantes. El otro
día, unos chicos de la filial de River que lleva mi nombre, se acercaron para entregarme
una plaqueta: se cumplían 10 años de aquella chilena frente a Polonia. Aquella etapa fue
hermosa, inolvidable, pero hoy tengo otra madurez, disfruto las cosas de otra forma. Antes
vivía en una nube, no disfrutaba demasiado... hasta que me fui. y ahí si que sufrí. Hoy
vivo una tranquilidad interior que nuca hubiera imaginado. Ojalá continúe...".
En el clausura River no entró con buen pié, y la continuidad del Pelado estaba en la cuerda floja. Cada domingo, cada miércoles Ramón se jugaba el puesto. Cada domingo, cada miércoles, Enzo lo salvaba con sus goles. En el torneo local el equipo fue perdiendo posiciones. Sólo quedaba jugarse a muerte por un objetivo: la Copa Libertadores. El equipo de Ramón fue saltando escalones de a uno. Superó la primera fase en Venezuela y después llegó el turno de jugar cara o cruz. A River no le sobraba nada, ganaba con lo justo. Contra el Sporting Cristal de Perú, en el Monumental, observó como había hecho escuela sin proponérselo. A unos metros nomás, un pibe llamado Hernán Crespo, que lo admiraba de su primera etapa en el club, convertía una impresionante gol de chilena al mejor estilo "Francescoli". Enzo lo alzó de cara a la tribuna. Valdanito no cabía en su cuerpo de la emoción. Sufriendo avanzó River. Venció al Sporting Cristal, a San Lorenzo, a Universidad de Chile y al Amércia de Cali en la final. Cuando aquella fría noche del 26 de junio de 1996, el árbitro pitó el final, el Príncipe se arrodilló en el césped del Monumental y miró al cielo.
Ahí fue cuando se le cruzaron las imágenes de aquella Libertadores del ´86 de la que no pudo participar todo lo que él hubiese querido. Todo lo que luchó por conseguir ese trofeo, la operación y la recuperación. Así lo cubrieron decenas de manos amigas, cientos de almas gemelas. Y más tarde, besó la Copa con la pasión de los realmente enamorados. Enzo Fracescoli cumplía su sueño postergado. Algunos días después, Enzo comentaba: "¿La verdad?... Después de irme, hace 10 años, nunca pensé que podía ganar la Libertadores en mi regreso. ¿Cuando me di cuenta que podíamos ganarla?... En Perú, después de perder contra el Cristal. Esa noche nos pelotearon de lo lindo y perdimos apenas 1-2. Allí pensé: si hoy no nos golearon, es porque la suerte está con nosotros. Y quiero decir algo más para quienes piensan que un jugador con más de 15 años en Primera División no se pone nervioso en los partidos trascendentales. Yo terminé acalambrado la final, los nervios me habían comido las piernas".
Terminada la Copa, comenzaba un nuevo Torneo. En el
que sería clave en la formación de River. Acompañando a Ariel Ortega, Julio Cruz,
Sergio Berti, Marcelo Gallardo, Marcelo Salas, Roberto Monserrat, Leonardo Astrada. Una
máquina que explotó con un vendaval de fútbol incontenible el 20 de octubre de ese
año, en Rosario, la tarde en que con sus dos tantos alcanzó la marca de los 100 goles
convertidos con la camiseta de River Plate en torneos de la AFA. Esa campaña fue
memorable, ya que luego de un 2-3 contra Boca, River siguió así: 4-1 a Platense, 5-2 a
Central, 3-0 a Gimnasia y Esgrima de Jujuy, 1-0 a Estudiantes, 3-0 a Colón, 1-3 ante
Lanús, 4-0 a San Lorenzo.
El River de Ramón lideraba el torneo con un juego inspiradísimo y vislumbraba entre sueños un objetivo que desvelaba a todos lo jugadores, pero fundamentalmente al Príncipe, sobre todo por aquello de la ilusión quebrada hacía 10 años: La Copa Intercontinental. El calendario indicaba Juventus, el 26 de noviembre. El final, esta vez no fue de sonrisas. Enzo no pudo escapar a la mediocridad de ese equipo que no se parecía para nada al River que venía jugando. Así calló 0-1, un resultado que caló hondo en el corazón del Príncipe. Minutos después de terminado el partido, Enzo "murmuraba" en la conferencia de prensa: "Estoy muy triste, yo sé que algunos chicos del club pueden volver aquí en unos años, tienen toda una carrera por delante. Para mí, en cambio, es muy duro. Nunca había estado en Japón, nunca había jugado una final del mundo. Y creo que esta fue mi última oportunidad, por eso lo siento tanto".
El regreso interminable en avión sirvió para apuntalar un juramento: no dejar escapar el campeonato local. Al volver, River venció 5-1 a Ferro y 4-3 a Racing, con dos goles de Enzo, el primero una verdadera joya dejando atrás a un defensor al borde del área chica y definiendo arriba. También se le ganó 3-1 a Newell´s y 3-0 a Velez. River se coronó campeón el miércoles 18 de diciembre, una noche de lluvia y barro, tras superar a un duro escollo como el conjunto de Liniers. Enzo se desgarró durante el segundo tiempo, en lo que sería el primero de una larga serie de inconvenientes musculares que lo dejarían al brode de un ataque de nervios durante 1997. El Príncipe festejó con ganas su tercer título locar con la Banda.
Ya había regresado a la Selección, con lo que la
felicidad no podía ser completa. Enzo se fue hartando de todo cada día más. Viajaba con
la Selección y viajaba con River. Concentraba con la Selección y concentraba con River.
Otra vez fue hasta Japón, pero esta vez el destino indicó Kobe para disputar la Recopa
ante Vélez. Pero River volvió a perder. Se encendió una pequeña luz de esperanza de
volver a Tokio con la disputa de la Copa Libertadores, pero el equipo del Pelado Días fue
eliminado por Racing en octavos de final. Enzo exhibía el gran nivel de sus mejores
jornadas, incluso contra Racing en el Monumental, por el encuentro de vuelta, convirtió
un golazo después de eludir a dos rivales y picarla por encima de Nacho Gonzálesz. Pero
a la hora de la definición por penales, Enzo erró su disparo. Ahora sí definitivamente
para él no quedaban chances de tomarse la revancha soñada en Tokio. Así lo reconoció
el mismo Príncipe, tras aquella dolorosa eliminación: "Los pido disculpa a mis
compañeros y a los hinchas, hoy perdimos por mi culpa, lo lamento mucho". Todos
sabemos que no fue así, pero Enzo lo sentía así.
Mientras tanto, en el torneo Clausura, los
vaivenes se convertían en la marca destacada del campeón. Después de un arranque
avasallante (4 triunfos en los primeros 4 encuentros, con 11 goles a favor y ninguno en
contra), River alternó buenas con malas hasta tocar fondo con dos derrotas consecutivas
ante Estudiantes (1-4) y Colón de Santa Fe (1-5). Algo extraño sucedía con Enzo: su
clásica infalibilidad en la ejecución de penales (con River había convertido todos
desde 1984) daba un brusco giro. En apenas un par de semanas, el Príncipe erraba tres
penales: contra Huracán, Español y el citado recientemente ante Racing. Fue otro
síntoma más de las ideas que le andaban dando vuelta en la cabeza, un aviso claro de
saturación, como ese otro desgarro que surfrió en pleno torneo ante Huracán de
Corrientes.
Sin embargo, su talento no fue tan fácil de destruir. En el Clausura, Francescoli convirtió goles notables: contra los jujeños de tiro libre, ante Lanús tras una gran pared con Salas, contra Central después de pararla con el pecho y ante Vélez Sarfield el día de la consagración. Primero un cabezazo y después un pique desde 40 metros y un par de enganches. El 9 de agosto, en Liniers, River y Enzo celebraron un nuevo título. El Príncipe, además se daba el gusto de ser el goleador del equipo, con 12 impactos. Desde el vestuario ganar, eufórico, Enzo se daba un minuto para la melancolía: "No creo que haya otra vuelta más", admitía extenuado. Claro que no le iba a resultar sencilla la misión, porque ni los hinchas, ni los dirigentes como sus propios compañeros estaban dispuestos a tirar de sus brazos para disfrutarlo un poquito más. Así lo expresaba Leo Astrada: "El retiro despende de él. Siempre lo dijo y así será. Pero nosotros haremos todo lo posible para convencerlo. Necesitamos que nos siga sacando campeones". Y así será nomás.
Enzo se fue preparando a conciencia para el final,
como decía en esa época: "De alguna forma me estoy preparando. Por eso quizá me
enganché un poco con el programa de televisión, por eso trato de ocuparme de mis propias
cosas como la publicidad. Intento que la curva que uno pega cuando deja el fútbol sea lo
más suave posible. Esto no debe ser fácil: no sólo son 20 años, sino que el fútbol es
una pasión, no se trata de dejar un trabajo normal, donde uno por ahí tiene más
obligaciones que otra cosa".
Pero a pesar de todo, todavía le quedeban
alegrías por vivir en ese 1997, aunque también algunas decepciones. Luchó con Uruguay
para llegar a Francia ´98, pero no pudo. Se volvió a desgarrar y tuvo una larga
recuperación de unos 3 meses interminables para Enzo. Fue tanta su desazón tras sufrir
su tercera lesión en el año, que tras del viaje que hizo a Lima con la Selección
Uruguaya y no poder jugar casi deja el fútbol en ese momento, como más tarde lo
confesaría a los medios. Pero Enzo tenía más por dar, y participó de los tramos
finales del Apertura y la Supercopa, ambos títulos conquistados por River.
No era el de siempre, ya que una larga inactividad a esa altura de su carrera, lo había dejado sin reacción y resto físico. Fue un precio muy alto el que debió pagar. Pero puso el corazón más que nunca. Así le convirtió un golazo a Colón de Santa Fé, abriendo un partido clave para ese campeonato. Así también peleó aquella negra noche contra el San Pablo en el Monumental, donde no anduvo muy bien y hasta erró un penal.
Pero a los ídolos se les perdona todo, por eso,
todas y cada una de sus últimas presentaciones, tuvieron el marco de la despedida
cariñosa, agradecida y cordial, sincera y emotiva. Todo el mundo quería que se quede...
Todos cantaban "Y Enzo no se va... y Enzo no se va...".
Tironeado por la familia
riverplatense que le pedía un poquito más, siempre un poquito más, y la familia
biológica que le reclamaba un poquito más, siempre un poquito más, "el" Enzo
vivó sus últimos días como futbolista. Así llegó al final. Disputado por sus dos
grandes pasiones. Allá
por el '86, antes de su viaje a Europa, Enzo decía: "El fútbol no me va a dejar
a mi, no me va a encontrar sentado. ¿Y sabés que? Cuando llegue ese día, lo único que
quisiera es que digan: ¡Que buen jugador, sí, pero que hermosa persona!. Eso es lo que
me importa: ser una buena persona. Que el Beto Alonso pueda decirles a sus hijos: yo
jugué con Francescoli y no saben lo gran tipo que era. Que dentro de treinta años me
encuentre en la calle con Gallego o Pumpido y me pueda dar un abrazo con ambos. Porque en
definitiva, más allá de la imagen y de la enseñanzas futbolística que uno puede dejar
para algún niño -que es mínima-, lo fundamental es su comportamiento como persona.
Porque el fútbol solo no existe. Hay que preparar la mente para dar un consejo y el alma
para ser buena persona...". El
Máster, el Uruguayo, el Enzo, el Príncipe. Son muchos apodos, pero definen una sola
cosa: es único. Es uno de los pocos jugadores del fútbol argentino que es respetado por
todas las hinchadas.
Listo Enzo, podés retirarte tranquilo....
FUENTE: www.SitioRiverPlatense.com.ar

